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  • febrero 19 2026
  • Yuliana Sanchéz

El miedo no siempre habla de peligro

El miedo es una emoción primaría y fundamental para nuestra supervivencia, se trata de un proceso evolutivo, una herencia biológica que asegura la preservación de nuestra existencia, un sofisticado sistema de alerta que nos permite responder ante el peligro. Gracias a él, el organismo se prepara para huir, paralizarse o luchar. Esta respuesta automática moviliza una gran cantidad de energía y coordina al cuerpo entero con un solo objetivo: preservar la vida.

Durante miles de años, el peligro fue concreto y visible. Un depredador, una amenaza física inmediata, un riesgo real para la integridad. Hoy, el escenario es un poco diferente. Ya no huimos de un animal salvaje, ahora este depredador puede tomar la forma de otro ser humano o de una situación simbólica como el miedo al rechazo, a la pérdida del vínculo, al abandono, al fracaso, a no ser suficiente, a perder el control o el reconocimiento. Aun así, la respuesta fisiológica sigue siendo la misma.

Cuando percibimos una amenaza, real o imaginaria, el sistema nervioso entra en estado de alerta. Los músculos se tensan, la respiración se acelera y se liberan hormonas como el cortisol y la adrenalina. Todo el organismo entra en modo supervivencia y en ese estado, la percepción se estrecha, el foco se reduce al “yo”, a la autoprotección, y la capacidad de registrar al otro, de empatizar o de cooperar, disminuye.

Si profundizamos un poco más, el miedo no tiene tanto que ver con el otro ni con lo que ocurre afuera, sino con nuestra interpretación ante lo que percibimos como una amenaza. Por ejemplo, una persona que teme hablar en público puede experimentar un bloqueo intenso ante la posibilidad de ser ridiculizada, así como un niño que cree que hay un monstruo en su habitación vivirá un terror genuino, aunque el peligro no exista objetivamente.

Vivimos, en muchos casos, más amenazados por lo que pensamos que por lo que efectivamente sucede. Ante ambos escenarios activa la misma cascada neuroquímica, dejando huellas en el cuerpo que, cuando se repiten en el tiempo, pueden afectar la salud física y emocional.

Desde esta perspectiva, resulta pertinente preguntarse ¿Cuántas veces ha reaccionado mi cuerpo ante un peligro que solo existía en mi imaginación?

En este punto, el miedo deja de ser un mecanismo biológico y se convierte en un guion mental. Un relato interno que repetimos cada vez que dejamos que la ansiedad, la anticipación o las experiencias pasadas gobiernen nuestras decisiones. Sea cual sea el temor (una enfermedad, soledad, fracaso, rechazo, muerte) estas experiencias pueden dejar una impronta en las células del cuerpo, como un aprendizaje profundo que más adelante es probable se transmita a futuras generaciones.

Diversos enfoques psicológicos y hallazgos en el campo de la epigenética evidencian que ciertas experiencias de alto impacto emocional pueden heredarse como información biológica que el otro leerá como propia y la reforzará o transformará a partir de sus propias vivencias.

En la práctica clínica, esto se observa cuando una persona consulta por un miedo intenso, desproporcionado e incapacitante, como una fobia a espacios cerrados, aviones o túneles y, al explorar su historia familiar, aparecen experiencias significativas de encierro, huida o amenaza vividas por generaciones anteriores. O el caso de quien refiere dificultades para dormir y, al indagar, encontramos una historia familiar marcada por el desplazamiento y la violencia.

Desde esta lógica el miedo no se vence ni se elimina, se trasciende. Y esto ocurre cuando aprendemos a observarlo sin juicio y a dialogar con él. En ese acto consciente, algo comienza a transformarse también en nuestra biología a través de nuevas formas de responder y se abre la posibilidad de elegir, en lugar de reaccionar.

En su expresión más profunda, el miedo señala el umbral de nuestra libertad. Por ello, quizá el gesto más generoso hacia nosotros mismos y por quienes vienen después, sea hacernos cargo, reconocerlo, afrontarlo e integrarlo. Así, las futuras generaciones no tendrán que cargar con un peso que nunca les perteneció.

Preguntas para reflexionar:

¿Qué parte de ti aún no confía plenamente en la vida?

¿Qué parte de ti necesita ser abrazada cuando el miedo aparece?

¿Y si el miedo no fuera un límite, sino una frontera entre quien fuiste y quien estás llamado a ser?

 

Si esto fue tu señal para dejar el miedo a un lado y hacerte cargo...

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